CUERPO DE ROCKERO, ALMA DE POETA

Estrella Setuáin//

Tan ligero como la pluma que lleva colgada de su oreja, esa es su forma de danzar por el escenario. Parece no rozar las alfombras que descansan bajo sus pies. Levita lentamente sobre un atrezo tan místico como él. Podría ser una marioneta que mueve sus brazos y sus piernas al compás de una guitarra religiosamente cuidada. Dos alambres por piernas que aun así permiten a su cadera moverse con una cadencia casi sexual. Inseparable de su sombrero y su chaqueta vaquera, su estilo rockstar le delata.

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Se ha construido un altar en la música junto a míticos ángeles del rock español como Sabina, Loquillo o Pancho Varona; pero su aparente estilo de vida y la pose que proyecta le convierten en un demonio. Suele pasar: dioses del escenario, vagabundos de la noche.

Su mirada es otra cosa: fría como el hielo, sin expresión alguna. Tan vacía como parece estar su estómago –pesa 57 kilos y casi toda la ropa le va grande-. Si dicen que la mirada es el reflejo del alma, con él se equivocan. Alma de poeta, versos filosóficos, lírica para los oídos. Perseverante y obsesivo con su música, va siempre “partido a partido”, como diría el actual entrenador de su equipo favorito. Colchonero desde los tres o cuatro años, soñaba con ser futbolista hasta que una lesión de rodilla truncó su carrera. Y si para el fútbol le faltaba cuerpo, para la música le sobra alma.

El nombre le viene al pelo. Leiva, de Leivinha, por el crack brasileño que jugó en el Atlético de Madrid a finales de los 70. Ya nadie, salvo su familia, le llama José Miguel. Su apodo ha saltado muros y ha saturado salas de conciertos y estadios de fútbol. Su templo, el Calderón, ha gritado su mote -como dice en uno de sus versos- al igual que lo ha hecho con el de algunos de sus ídolos rojiblancos. La estrella del fútbol que nunca fue, ha encendido a miles de personas con su voz desde que saltó a la fama con Pereza, su anterior grupo. Ahora su alma viaja en solitario y no se arrepiente.

Poeta no siempre solitario

Rubén y Leiva en un concierto de Pereza. Fuente: webpereza.com

Rubén y Leiva en un concierto de Pereza. Fuente: webpereza.com

Lejos de ser los adolescentes que saltábamos al ritmo de dos colgados sin camiseta y con gafas de sol cantando Superjunkies, todos hemos cambiado. Ellos también. Leiva ya tiene 34 años. Los estilos de Rubén y Leiva son, por el momento, incompatibles. La sorprendente separación del grupo madrileño de éxito dejó a las ‘grupies’ temblando pero, por la parte de Leiva, la bifurcación no ha sido más que un salto al estrellato.

“¿Por qué os separáis, cabrones?” Esa es la pregunta que le hacía la gente mil veces al día cuando lo dejaron, allá por 2011. Y hasta hace poco. De hecho, todavía tiene que dar explicaciones de que lo suyo no fue una ruptura, sino un descanso que, por el momento, no ve la vuelta al trabajo. “Rubén y yo tenemos contacto a diario”, repetía por todos los medios de comunicación. Los dos querían un nuevo disco de Pereza, pero esta vez no se pusieron de acuerdo en decidir un repertorio de 12 canciones –entre 30-. No podían estropear una amistad de tantos años y esa fue su prioridad.

La amistad es una de sus pertenencias más preciadas. Si hay algo que le acompaña allí donde va son sus amigos. Él mismo reconoce que de lo único que puede alardear de su profesión es de tener buenos compañeros. Desde el primer disco de Pereza hasta Pólvora –su último álbum- su mayor aprendizaje, su gran escuela, ha sido juntarse a tocar con gente.

Esteban Granero -exjugador del Real Madrid y actualmente en las filas de la Real Sociedad- contaba para la publicación cultural Jot Down que le encanta Pereza y que con Leiva, además, mantiene una gran amistad. El cantautor Quique González explicaba en la misma publicación que a Leiva lo considera su hermano y que, quien crea que peca de artificioso o de mantener una pose excesiva, basta con ir a verle tocar para saber que eso es mentira.

De hecho encontrarse a Leiva de copas debe ser mucho más divertido. En el último concierto en la Sala Oasis de Zaragoza contó una anécdota que ilustra este cambio de comportamiento:

Una noche estaba yo en un bar a altas horas de la madrugada con mis compañeros de la banda y me meaba mogollón. De camino al baño una chica me paró y me dijo: ¿Eres Leiva? He hecho una apuesta con mis amigas. ¿En uno de tus versos dices “me measte en la escalera”? A lo que yo, flipando, le dije: “Meneaste las caderas”. La chica no lo entendía, así que le tuve que dar la razón. Cuando se lo conté a estos nos estuvimos riendo toda la noche, desde entonces no hemos vuelto a cantar la canción igual.
Leiva en su último concierto en la Sala Oasis de Zaragoza. Fuente: M.I

Leiva en su último concierto en la Sala Oasis de Zaragoza. Fuente: María Irún

Drogas, amor y miedo

La imagen de golfo que abusa de las drogas no se la quita “ni con tipex” –dice- desde que inició su trayectoria junto a Rubén en Pereza. Los grandes rockeros jamás se la han conseguido quitar. Al margen de lo que muchos han podido ver en sus camerinos, Leiva dice no haber sido “muy drogata”. Al estilo de muchos poetas, ve las drogas como una licencia literaria que le facilita cerrar un verso de vez en cuando. O eso dice. 

Leiva con su expareja Michelle Jenner. //Fuente: ELLE

Leiva con su expareja Michelle Jenner

Y si la droga le sirve de inspiración para expresar sus miedos o líos amorosos, también ha contado con musas para dar forma a sus versos. Suele explicar que junto a Rubén, en Pereza, les llovían las ‘groupies’ que darían lo que fuera por pasar la noche con los dos. Ellos, en cambio, no veían en sus fans la opción fácil de ligar una noche. No iban con todo a cualquier precio.

Aún así, confiesa estar siempre metido en “toboganes sentimentales” aunque Michelle Jenner parece haber sido su última relación seria, su última musa. No se le conocen muchas parejas sentimentales, pero la actriz que dio vida a Sara en Los Hombres de Paco le caló muy hondo. De todos los discos que ha grabado, este último es el primero que lo hace sin compañera sentimental a su lado, lo que le ha servido para poder contar las cosas desde otro sitio. No es un dato irrelevante, dice. “Son cambios que al fin y al cabo te dan libertad y te provocan cosas que contar. Te sientes soltando lastre”.

Si sus relaciones no han triunfado es porque le tiene pánico al compromiso, a planear cosas en pareja; aunque se considera un tío generoso y fácil para convivir. Una de sus canciones recuerda a estos sentimientos –Miedo-: no confíes en mi interior, soy un depredador. Tengo miedo, mucho miedo, pero tu por favor no me tengas miedo.

Pero como confesó a la revista musical Rolling Stone, tiene pánico cuando siente que se va a morir. Algo que es bastante frecuente. Es tan hipocondriaco que tiene que llamar unas cuatro veces a la semana a su hermana Esther –que es enfermera- para que le tranquilice. “En el momento que me entra una enfermedad, me creo que voy a morir, siempre”. Su miedo lo palia bebiendo Tanqueray con tónica, a poder ser.

Su hermana y su madre son las dos mujeres de su vida, sus dos “alas”. Tiene además dos hermanos, Pablo y Juancho –con quien vive y toca en la banda-. A su padre lo tiene en un altar.

Del miedo a la obsesión

Visceral poeta de canciones. Su música es como un tapiz que teje meticulosamente. Para hilar notas no tiene problema, pero para las letras tiene que dedicar más tiempo. Sus versos rebosan experiencias personales y, cada día más, hechos inventados. Su característica música esconde un proceso obsesivo de producción. Ya con Pereza tenía muy claro el concepto musical que quiere transmitir y ahora que vuela en solitario, solo tiene que dar señales a sus músicos para lograrlo. Intenta no imponer sus ideas. En su último disco Pólvora ha contado con Carlos Raya para aprender y rodearse de gente que fuese mejor que él. “Yo soy un músico inmediato en el estudio, soy tiquismiquis, pero cuando tengo el sonido, me pongo a grabar y quizá sacrifico algo por el ímpetu que tengo”. Diciembre, -su anterior y primer disco en solitario- lo recuerda como algo muy obsesivo ya que asumió toda la responsabilidad del proceso: composición y producción.

Leiva junto al Cholo Simeone. Fuente: Cholismo.com

Leiva junto al Cholo Simeone

Y tan obsesivo es en el proceso de grabación, que todo lo que sea sacarle de esa espiral es positivo. El fútbol, por ejemplo, es algo que le ayuda. Su pasión por el Atlético de Madrid es tal que colabora esporádicamente con revistas deportivas como Líbero o Panenka. A pesar de ser futbolero, nunca deja de dar un concierto por el fútbol, aunque sí intenta evitar que los conciertos en Madrid sean un día de derbi. Sus canciones recogen esta pasión: el rugido del Calderón, la portada del As, los penalties o los amigos que se juntan para jugar al fútbol. En este último disco, incluso, se puede escuchar el latido de los estadios porteños.

Argentina es otra de sus grandes pasiones. Con Pereza conquistaron los corazones de algunas regiones de este país y ahora, como Leiva, pretende continuar este romance. Con Diciembre llenó las salas el doble de lo que hacía con su antiguo grupo y se siente en deuda con ellos: “esa gente me quiere más de lo que merezco ser querido”. Tanto le gusta la región de La Plata que no le importaría mudarse allí por temporadas.

Si le preguntas sobre sus lugares favoritos del globo, Argentina siempre sale de su boca. Le gusta la gente y sus regiones. La montaña y la Patagonia. Y aunque es un país que le encanta, como también lo es Nepal o ciudades como París, los rincones españoles siguen siendo sus preferidos. Espíritu de montañero, se deja encandilar una vez al año por el Pirineo Aragonés. Otra de sus grandes pasiones es coger su destartalada furgoneta los fines de semana y, junto a sus perros, pasear por la sierra de Madrid, en donde tiene una casa de los 70 en medio de la nada. Podría pasar días sin ducharse con tal de poder estar en medio del campo. Ahí es completamente feliz.

Hobbies de un rockero

Leiva y Rubén en la sierra con los perros. Fuente: Lacasaconruedas.com

Leiva y Rubén en la sierra con los perros

A pesar de llamarse a sí mismo un “culo inquieto”, el yoga se ha convertido en su nueva afición, lo que le ha ayudado a descubrir algo muy importante para los cantantes: la respiración. Tanto le gusta que incluso se ha tatuado la palabra Om en la mano.

Y como buen músico, es un enamorado de las guitarras antiguas. También de los vinilos que adquiere en mercadillos de Argentina y Londres. Para alimentar su acopio de guitarras, tiene un amigo en Galicia que atesora una gran colección de los años 60 y 70 y al que, de vez en cuando, le compra alguna pieza única. Si algo le gusta, invierte. Como en libros. Pregúntale al polvo, de John Fante, es la obra que nunca falta en su maleta. Siempre que puede lo compra y lo regala. Es su manera de compartir lo que le apasiona, como hace con la música.

Compartir, esa es su filosofía de vida. Eso junto al rock setentero al más puro estilo Bob Dylan –con quién guarda hasta cierto parecido y de quién tiene un cuadro en el salón de su casa en la Alameda de Osuna-, sus amigos del gremio y la sierra madrileña para olvidarse de sus aprensiones. En su último concierto pidió a los espectadores que dejasen el móvil en su bolsillo durante el último tema. Tres minutos de canción, de disfrute, de vivir lo que aparece delante de sus ojos y no delante de la pantalla. Tres minutos para vivir la vida de verdad, flotar en el escenario desde el rock y siempre en stand-by.

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