Buen viaje, Lola

Blanca Usón//

María Dolores Gómez de Ávila se despide por última vez. Un repaso por la vida y obra de este referente del ballet en España

María Dolores de Ávila

María Dolores de Ávila

Alumna, prima ballerina assoluta, maestra de maestros… María Dolores Gómez de Ávila se despidió para siempre de su público el pasado 27 de febrero. Con una reverencia frágil, esta anciana bailarina decía adiós a 84 años de profesión, de dedicación y esfuerzo, de pasión. Se labró una inmortal trayectoria que la convirtió en la figura más importante del ballet clásico español del siglo XX. Ella: sinónimo de calidad y elegancia, del buen hacer, del mejor ballet. Lola, como la llamaban sus allegados, cerró el telón de su vida a los 93 años de edad. Eso sí, llevándose bajo el brazo no solamente el corazón de todos los que pudimos conocerla, sino también el título -más que merecido- de la gran dama española del ballet.

 

El nacimiento de la ballerina

Fue la Barcelona de 1929 la que vio cómo la pequeña María, que apenas contaba nueve años, se calzaba por primera vez unas media punta. Fue su abuelo quién decidió que debía estudiar danza clásica pero ella quien demostró que tenía un don imponente para el ballet.  Siguiendo el camino que su familia decidió, la catalana dio comienzo a una exhaustiva formación de la mano de Pauleta Pamiés – directora de la Compañía de Danza del Gran Teatro del Liceo de Barcelona-, la maestra que hizo de María la delicia del cuerpo de danza nacional. Pamiés era lobo viejo de los escenarios. Sus setenta años de experiencia le advirtieron del talento que tenía entre manos. Por eso convenció a la niña María de que ampliara sus conocimientos en danza, para crear así a la bailarina infalible que derrochó una elegancia envidiable aun cuando las canas poblaron sus sienes.

Solo hizo falta un año para que María debutara en el gran Liceo. Sin darse cuenta, con los brincos y aspavientos de los simpáticos esclavitos de la ópera Aída –una de las primeras variaciones en las que participó-, la pequeña bailarina estaba dando los primeros pasos hacia el camino que seguiría el resto de su vida.

Cuatro años de duro trabajo. Solo cuatro. Y Lola ya era una figurante más de la compañía que dirigía su mentora. A la temprana edad de 14 años, la bailarina catalana era capaz de hacer bailar las tablas del escenario con la vibración de cada sissone, la tensión de un arabesque o la dulzura de un balancé.  También de agradecer la brava ovación de un público de posguerra nada acostumbrado al ballet. En esa mirada tan inflexible que siempre la caracterizó, se atisbaba la severa disciplina recibida; la misma que derrocharía como maestra. “Si puedes vivir sin bailar, no bailes” decía María. Como buena amante de esta disciplina, la danza era para ella una religión. Si no había una entrega total, ¿merecía la pena bailar?

Su gran oportunidad llegó en el fatídico año 1936. El estallido de la Guerra Civil sorprendió a la entonces prima ballerina del Liceo en Nueva York; y Pauleta –que siempre tuvo en mente las aptitudes de su discípula-  decidió que sería María quien la sustituyera. Parece irónico que entre la hambruna y la miseria que asolaba el país pudiera germinar la que sería una no muy larga pero deslumbrante carrera como bailarina. Sin embargo, aunque su danza en los escenarios fue fugaz, su trayectoria como profesora fue eterna. De Ávila, dedicó toda su vida al baile y luchó para que España fuese internacionalmente conocida como cuna de grandes bailarines. Y lo consiguió. Víctor Ullate, Ana María Górriz, Carmen Roche, Arantxa Argüelles o Gonzalo García, actualmente primera figura del New York City Ballet, pasaron por sus manos. Eran jóvenes mientras esperaban impacientes entre bambalinas, y formidables cuando salieron al escenario de la vida demostrando todo lo que María les había enseñado, y lo que con mucho tesón habían conseguido. Ellos, y otros tantos, han sido los espejos de la labor de Lola.

 

Bailando entre bombardeos

image003Durante la guerra, las funciones siguieron en el Tívoli debido a la expropiación del Gran Teatro del Liceo. Pauleta ya había fallecido, pero De Ávila no quedó huérfana de maestro. Prosiguió su formación junto a uno de los clásicos: Alexander Goudunov -discípulo de Cecchetti y de la antigua escuela italiana-. Pero no todo era ballet, había más. Tras la contienda se hicieron habituales los viajes de María a Madrid, donde recibía instrucción de la maestra Julia Castelao en la mítica academia de la calle de la Encomienda: la Escuela Bolera. María De Ávila fue, ya entonces, una bailarina visionaria que advirtió que el éxito en los escenarios venía de la mano de la educación más completa, del trabajo más exhaustivo y de la disciplina más severa.

Era 1937 y el Liceo volvia a las manos de sus antiguos propietarios, y junto a ellos, María como primera bailarina. Fue la época de esplendor de la dama española del ballet. Formó pareja artística con Joan Magriñá, bailarín y coreógrafo con el que consiguió una fusión divina entre los bailes clásicos y los españoles. Lo demostraron en numerosas ocasiones mediante la perfecta ejecución de diferentes piezas, tal y como hicieron con El amor brujo de Manuel de Falla.

Fue en esta etapa donde María de Ávila exhibió ante el público español cómo una única bailarina puede actuar con la ingenua pasión de Odette  -en el segundo acto de El lago de los cisnes-y con la seductora perversión de Odile tan sólo unos minutos después. De Ávila era danza, y sabía qué era lo que quería. Nunca escatimó en esfuerzo ni en trabajo en aras de conseguir la grácil perfección de una bailarina profesional. Claro que, del mismo modo que fue exigente con su propia formación, también lo fue con aquellos que se pusieron en sus manos. Chassés interminables, combinaciones imposibles de battement frappé, cambios de pesos y plié profundo para no llegar asfixiado al final de la variación. Y si parecía que todo había acabado, te equivocabas. Ahora flexibilidad.

 

La niña María colgó las zapatillas

10258774_666824126722300_2876286726709651253_oYa tenía 28 años, y poco le faltaba para la triste –y temprana-  jubilación de toda bailarina. Acababa de rechazar un contrato estelar para unirse al Ballet Ruso de Montecarlo en una gira por las Américas. Una temporada más en el Liceo. Y fin. La bailarina cambió los tutús y los focos por una alianza. De Ávila se había casado y tenía ya una hija de apenas un año.

Pero no todo es bailar en la profesión del bailarín. En la zaragozana calle del Coso –ciudad a la que se trasladó junto a su familia debido al trabajo de su esposo- abrió su primera escuela. En ese pequeño local comenzó la labor que el destino había reservado para Lola: la enseñanza. Esa academia familiar se convirtió en el templo de la solitaria maestra que tantas estrellas regaló al mundo de la danza.

20 de abril de 1956. La escuela de María de Ávila se subió al escenario del teatro Argensola con la realización de la primera actuación de fin de curso. Un punto de inflexión que marcó una tradición aún presente en la ciudad de Zaragoza –y en otras tantas del territorio nacional-. Tal fue la fama que alcanzó el estudio de Lola que tuvo que trasladarse a un local a su medida en el número 25 de Francisco de Vitoria, calle donde aún hoy podemos encontrarlo regentado por Lolita de Ávila, hija de la bailarina.

Debido a la encomiable labor que realizaba día a día con sus bailarines, fue nombrada en 1983 directora artística de los dos ballets estatales: el Ballet Nacional de España y el Ballet Nacional Clásico. Era mujer de ideas brillantes y arriesgadas, por lo que decidió fundir ambas compañías creando un producto único. Le dio una identidad propia como compañía y le procuró las que serían sus primeras giras internacionales. Fue esta la etapa más fructífera y estelar de la nueva agrupación, donde destacaron fabulosas actuaciones como Danza y Tronío –dentro del repertorio de danza española- o Serenade de Balanchine en la sección clásica. Sin embargo, esta nueva fusión se dio de bruces con un implacable muro formado por bailarines y sindicatos que no apoyaban los proyectos que Lola planeaba para la compañía. Por eso, en 1987, abandonó este cargo para volver al calor de su escuela, fundando un par de años más tarde el Joven Ballet María de Ávila, nueva cantera de fabulosos danzarines.

 

De haber una próxima vida, en la siguiente también bailará

Un total de 84 años de entrega absoluta y múltiples distinciones académicas ensalzando la que fue una labor más que loable. La Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, la Medalla de Oro de las Bellas Artes o que el Conservatorio Superior de Danza de la capital lleve su nombre fueron algunas de estos reconocimientos. Y más allá de las fronteras nacionales también quisieron valorar su labor. En 2013 su trayectoria fue laureada con el Premio Internacional a la Carrera Artística en el festival Internacional de Ballet de Miami.

María de Ávila, curtida maestra de la vieja escuela capaz de reunir los métodos de las escuelas rusas, italianas y francesas bajo un único dictado. Implacable en sus correcciones. Severa y siempre sabia. Cálida.

A los 93 años de edad despedimos a Lola y miles de lágrimas de bailarines se derramaron aquel 27 de febrero. Tras un funeral familiar en la iglesia de Santa Engracia, el cielo se tiñó de rosa y blanco. Cientos de globos lanzados por sus alumnos poblaron ese día la ciudad que tantos buenos espectáculos le debe. Un adiós al que nos unimos todos aquellos a los que nos enseñó que la danza era pasión. Te deseo lo que tantos aclamaron ese día: buen viaje Lola.

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