¡Un oficio de circo!

Mage Doria//

Los clowns invaden Zaragoza con el VIII encuentro de Entrepayasaos

La calle resulta angosta, cercada por las edificaciones que se levantan a cada uno de sus lados. En la planta baja se encuentran diversos bares y comercios, con letreros coloridos que intentan captar la atención de la clientela. Sobre ellos, se sitúan las viviendas de la parte antigua de la ciudad, el Casco Histórico. Los inmuebles, de cuatro pisos de altura, presentan una fachada desgastada color ocre, de un tono tan apagado como el del gris del suelo adoquinado. Sobre él, tres hombres caminan marcando el ritmo con un acordeón, un ukelele y una guitarra; al son del Don’t worry, be happy de Bobby McFerrin.

Here’s a little song I wrote,
you might want to sing it note for note,
don’t worry, be happy


In every life we have some trouble,
when you worry you make it double,
don’t worry, be happy

El sonido de los instrumentos es acompañado por los silbidos y las palmas de la gente que, entusiasmada, sigue a los tres hombres hasta la plaza San Felipe de Zaragoza, organizándose en torno a ellos en un círculo. Entonces, los desconocidos, miembros de una compañía de clown, comienzan con el espectáculo. Uno de tantos que invaden la ciudad durante este fin de semana, con motivo de la celebración del VIII encuentro de Entrepayasaos. Un evento anual organizado por el Ayuntamiento de Zaragoza, a través del Plan Integral del Casco Histórico, con el que se pretende compartir experiencias artísticas e implicar al público en la filosofía clown.

Espectáculo VIII encuentro Entrepayasaos, Zaragoza. Fuente: M.G

Espectáculo VIII encuentro Entrepayasaos, Zaragoza. Fuente: M.D

“Una limosnita, por favor. Somos pobres, después de la crisis en España, viene la de Francia. Por eso estamos aquí”, dice con un marcado acento francés uno de los integrantes del conjunto, mientras agacha la cabeza en un gesto de súplica. No lleva la cara pintada, ni la nariz roja. Solo sus pantalones, holgados y de múltiples colores, le dan cierto aire de payaso de circo. También su actitud despreocupada y bromista. Con el acordeón colgando de los hombros, se sube a una silla y canta una canción mariachi, que recuerda mucho a la de Antonio Banderas en la película Desesperado (1995, Robert Rodríguez). “Ayayayay, ayay amor”, grita mientras mueve los dedos ágilmente, haciendo sonar el instrumento que tiene entre las manos y cuya melodía parece despertar la faceta más artística del público. Risas, palmas, tarareos. Y varios intentos, por parte del auditorio, por seguir el ritmo de una canción cuya letra se le escapa. “No sabemos francés”, se oye entre los presentes. Poco importa. La cadencia pegadiza de la canción envuelve a los asistentes, que con mayor o menor destreza acompañan al artista. Todos ellos, desde los que peinan canas hasta los más pequeños. Precisamente, estos últimos son los más animados, y lo demuestran como solo un crío sabe hacerlo: con pompas de saliva, y gritos y risas infantiles que resuenan por toda la plaza. Incluso, los más aventurados tratan de ponerse en pie, sin importarles que su corta edad todavía no se lo permita. Divertido ante el esfuerzo, el dueño del acordeón obsequia a su entregado público con una canción infantil, acompañado por las voces de sus compañeros.

Qui barbote dans la mare? Le canard,

Les noisettes, qui les cueillent? L´écureuil,

Qui la journée dort debout? L´hibou,

Toute la forêt est animé quand le soleil éclair un jour nouveau…

Las palmas vuelven a sonar y la gente se contonea al compás que marcan el acordeón, la guitarra y el ukelele. Entre los espectadores, se observan caras de fascinación y de alegría, pero también de desconcierto. Una vez más, los adultos pronuncian la frase que han repetido en incontables ocasiones durante los últimos diez minutos. “Es que no sabemos francés”, lamentan. Una apreciación que los más jóvenes prefieren ignorar, sumidos en la actuación que se desarrolla ante sus ojos. Termina la canción y los artistas agradecen la atención recibida, dedican una reverencia a los presentes y, entre risas y aplausos, se despiden efusivamente: “¡Ahora, un espectáculo de verdad!”.

Los Zinc Co

Espectáculo “Marathon”, Los Zinc Co. Fuente: M.D

Espectáculo “Marathon”, Los Zinc Co. Fuente: M.D

Durante unos instantes, el centro de la plaza se mantiene vacío, aguardando una representación anunciada que no llega. Ante la espera, los asistentes aprovechan para removerse en su sitio y comentar su parecer sobre el espectáculo anterior. De pronto, un hombre, vestido de atleta, salta al improvisado escenario y comienza a calentar torpemente; corriendo de puntillas y moviendo el culo cual gallina clueca. La situación resulta entre divertida y patética y los oyentes responden con risas y aplausos ante el valor del susodicho, integrante de la compañía clown, Los Zinc Co. El carismático deportista continúa moviéndose en círculos, captando la atención de los presentes, hasta que entra en escena otro corredor: flacucho, cheposo, canoso y con unos andares que recuerdan a Roberto Gómez Bolaños en El Chavo del 8. Las carcajadas no tardan en producirse: “Dios mío, qué bueno”, señala un espectador, a la vez que da grandes palmadas. Minutos después, aparecen otros tres deportistas realizando estiramientos. Cada uno con su estilo, pero todos de forma muy cómica y teatral: con sobreactuaciones y gesticulaciones exageradas. Una manera de compensar el escaso diálogo que presenta la escena.

 Entre los atletas destaca una mujer, la única del grupo: Diana. Alta, delgada, de tez clara y unos ojos marrones casi del mismo color que su pelo rizado. Con movimientos ágiles, levanta los brazos por encima de la cabeza y realiza varias piruetas simulando ser una bailarina de ballet. Sus compañeros, desconcertados, tratan de imitarla. Pero el intento se queda en eso… Un intento poco afortunado que provoca muecas de dolor entre los protagonistas y sonoras risas entre los espectadores. Tras el momento de dispersión, los deportistas deciden concentrarse en su objetivo y prepararse para la prueba que tienen por delante: una maratón. Preparan posiciones: brazos adelantados y piernas flexionadas. Uno, dos…

“¡La partenza!”- exclama, de repente, uno de los atletas, mientras saca una pistola del bolsillo.

Asustados ante la presencia del aparato, sus compañeros tratan de huir, desesperados por salvar la vida. Tras varios intercambios de gestos, parecen entender: la partenza, la salida. El corredor de la pistola saca a una mujer del público, le cede el aparato y le indica cuándo debe disparar. Entonces, retoma la postura inicial y espera a que la elegida dé la señal. Una, dos… ¡Pum! Uno de los atletas cae muerto al suelo, y se desatan emociones muy diversas: asombro, miedo, consternación, incredulidad. “¡Se ha morido!”, exclama estupefacto un niño del público. Ante el suceso, el dueño de la pistola decide hacer de policía, tomando declaración a la supuesta asesina. Mientras, los otros deportistas merodean sobre el cadáver, contorneando su silueta con un spray. De nuevo, risas. Unas risas que se acallan cuando el fiambre revive y se venga de sus compañeros golpeándolos a manotazo limpio.

¡Pim pam pum!

Tras varios minutos de golpes y empujones, uno de los integrantes decide poner fin a la trifulca, vertiendo sobre sus compañeros un cubo de agua. El gesto consigue resultados: al igual que unos reclutas obedientes, los empapados corredores acatan las órdenes del susodicho, se ponen firmes y terminan la carrera.

Aplausos, vítores, silbidos. Eufóricos, los espectadores protagonizan una sinfonía improvisada que evidencia la victoria. El momento ansiado ha llegado: el reparto de los trofeos. Uno a uno, los deportistas van pasando para recibir su medalla. La última no es otra que la dama del conjunto: Diana. Un nombre que el público repite una y otra vez, a voz en grito. Sonriente, la artista se congracia con los oyentes, agradece el apoyo recibido y, a modo de despedida, realiza una última acrobacia con sus compañeros: una pirámide de dos niveles.

Pero, el espectáculo no ha terminado…

 

La Bella Tour. Fuente: M.D

La Bella Tour. Fuente: M.D

La Bella Tour

Apenas unos minutos después, sale a escena La Bella Tour, una compañía clown caracterizada por el humor absurdo y unos espectáculos carentes de comunicación verbal. Durante una hora, dos payasos provistos de ropas coloridas y narices rojas entretienen al público con gestos, acrobacias, música y confeti. Solo al final de la representación, uno de ellos se ‘sale del papel’ para dedicar unas palabras:“Por esta actuación, nosotros pedimos la voluntad. Pero esto mismo, en el Teatro del Mercado lo cobran a seis euros, así que lo justo sería que nos ofrecierais cinco euros. Si no queréis pagar por el espectáculo, al menos, pagad la guardería que os hemos hecho”, sentencia.

Con las cejas levantadas y el rostro visiblemente crispado, el artista permanece en pie, sujetando un cubo en el que los espectadores depositan el dinero que consideran oportuno. Mostrando una ligera sonrisa, agradece los donativos recibidos, mientras continúa dirigiendo su mirada al frente. Tal vez, confiando en que, a la hora de entregarle el dinero, los asistentes no olviden el mensaje que ha dejado en el aire: en la vida, no todo son risas y aplausos. Ni siquiera en la del payaso.

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