Beulas, el pintor de lo yermo

Ignacio Pérez//

A sus noventa y dos años, José Beulas Recasens, figura indiscutible del paisajismo contemporáneo español, todavía sigue intentando plasmar con mayor simplicidad los yermos páramos de Los Monegros.

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No fue Beulas quien eligió pintar los polvorientos campos que rodean Huesca, sino que fueron ellos los que lo eligieron a él. Más exactamente, en 1942, cuando, sentado en el vagón de carga que lo llevaba a la capital oscense para hacer el servicio militar, José Beulas, de 21 años, nacido y criado en la exuberante comarca gerundense de La Selva, contempló por primera vez la inmensidad desoladora del sur de la provincia de Huesca. La impresión fue tal que, veinte años más tarde, en los sesenta, decidió centrar casi exclusivamente su producción en esos paisajes yermos, parduzcos, esenciales, en esos campos recién arados que invitan a la abstracción. Y aún hoy, a sus noventa y dos años, esta figura clave del paisajismo contemporáneo español impregna sus pinceles en las pastillas de acuarela e intenta captar de forma más simple el espíritu de estas tierras baldías.

Diez y media de la mañana. Cielo despejado y alguna que otra ráfaga de aire frío. Carretera A-132. Afueras de Huesca. A un lado de la calzada, campos secos, pedregosos, dignos del mejor cuadro de Beulas. Al otro, los verdes setos y la verja de entrada que separan el oasis en el que vive el pintor del exterior pardo y yermo, como si el artista quisiera aislarse del paisaje que lleva pintado desde hace más de cincuenta años y gracias al cual ha triunfado.

De repente, al otro lado de la verja aparece una mujer entrada en años, menuda, de pelo cano y rostro surcado por profundas arrugas, en bicicleta. Lleva puestas unas deportivas en las que a duras penas se distingue su blanco original, unos pantalones vaqueros desgastados y una camisa gris arremangada por los codos. Abre la verja y nos invita a entrar. Es Quimeta, de 66 años, la mujer que, desde hace siete, vive con Beulas, lo cuida y ejerce las funciones de secretaria. Hasta hace cinco meses también cuidaba de la esposa del artista, María Sarrate, de 94 años de edad, pero, en diciembre de 2013, murió.

Unos ochenta metros de camino asfaltado separan la verja de entrada del edificio en el que vive Beulas. Ochenta metros bordeados por acacias, a cuyos lados se extiende una gran superficie de césped bien cuidado. Al final, el camino se bifurca en dos: uno lleva al estudio del pintor, un edificio de volúmenes rectangulares y paredes azules que Beulas ya no pisa. Y el otro conduce a la vivienda del artista, a una pista de tenis, a una piscina y a las huertas de la finca. “Conocí a José y a María hace treinta años, en Blanes. Tenían un vivienda-estudio en la playa, y, de vez en cuando, iban. Nos hicimos muy amigos”, explica Quimeta con voz risueña y un marcado acento catalán.

Una decena de esculturas de bronce a tamaño real –algunas cubiertas por una pátina de verdín– flanquean la entrada a la vivienda: una mujer embarazada andando, otra tocando el violoncelo, una joven recostada, una madre abrazando a su hijo… “Esas tres son de José Carrilero; esta de Víctor Mira; y las de allá de García Donaire. Carrilero cree más en el movimiento de la escultura que Donaire”, apunta Quimeta.

Finalmente, entramos en la vivienda. Suelo de parqué, paredes blancas, grandes ventanales. No hay puertas; las estancias se suceden una detrás de otra: del ordenado salón con chimenea y televisión de plasma, se pasa al caótico estudio, lleno de libros apilados, cubiletes con agua teñida por las acuarelas y cuadros apoyados en cualquier rincón. Y, si giramos a la izquierda y sorteamos a Tina, una pastor alemán obesa repantingada en el pasillo, llegamos a la cocina.

Allí está Beulas. Sentado en una de las seis sillas que rodean la mesa de la estancia. Presidiéndola. Encajonado entre un ficus y Duna, una perra mestiza sacada de la perrera. Leyendo El Diario del Alto Aragón. O, más bien, deleitándose con la foto de la contraportada en la que aparece un caballo arando el terreno para viñedos que hay delante del CDAN, el museo de arte contemporáneo de Huesca que Beulas puso en marcha para acoger su colección de pintura del siglo XX.

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– Tiene gracia. Roberto, el que guiaba al caballo, lo paraba estratégicamente en sitios donde había briznas de hierba jugosa. Yo creo que nos miraba con simpatía.

 – Quimeta, entre risas: claro, lo trataban muy bien.

Lleva puesto un jersey gris y una camisa marrón claro. No se aparta en ningún momento de la mesa, así que desconocemos cómo son sus pantalones y su calzado. Tras haber sido sometido a una operación para extirparle un tumor de la nariz, sus fosas nasales se encuentran desfiguradas. Todavía le crece algo de pelo cano en la parte posterior de la cabeza; sin embargo, sus cejas son prácticamente inexistentes. De sus ojos pequeños y rasgados, el poeta José Hierro escribió: “ven como pocos las colinas calcinadas, blancas de cal y de sol”. Sus sienes se encuentran marcadamente hundidas, y la parte inferior de sus mejillas, atravesada por profundas arrugas. Sus labios, cuarteados, esbozan en todo momento una sonrisa. Y, al igual que Quimeta, su voz débil, ligeramente aguda y de ritmo pausado, posee un marcado acento catalán.

José Beulas Recasens nació el 7 de agosto de 1921 en Santa Coloma de Farnés, capital de la fértil comarca de La Selva, en Gerona. Su padre trabajaba en los bosques que circundaban la población: cortaba finas tiras de castaño destinadas a la construcción de barricas. Su madre, aparte de ama de casa, trabajaba ocasionalmente de cocinera.

Buena parte de sus recuerdos de infancia están relacionados con la exuberante naturaleza de la zona: “jugábamos mucho en los bosques. Estaban repletos de castaños, avellanos y setas. Y también había dos ríos llenos de peces: el Santa Coloma y el Canadell”, recuerda Beulas. “¿Y qué hacía usted con esos peces, José?”, pregunta intencionadamente Quimeta, intentando despertar en el pintor recuerdos que ella sabe que conserva. “Los cogía con la mano y luego los vendía a los ricos que tenían estanques”, responde entre risas.

El jueves era el día de la semana que más le gustaba: no había clases por la tarde y los profesores llevaban a sus alumnos a dibujar al bosque. Ya, durante estas salidas, destacaba: “recuerdo que los hermanos siempre se interesaban mucho por mis dibujos”, afirma el pintor.

Tal y como señala el poeta José Gerardo Manrique de Lara en el ensayo que dedica al pintor, “Beulas, aunque no fuera consciente de ello, se crió en un ambiente post-impresionista”. Más concretamente, en un ambiente dominado por la escuela paisajística de Olot, un conjunto de pintores que, entre finales del siglo XIX y principios del XX, plasmaron la belleza de las comarcas de La Selva y La Garrocha con colores vivos y una luminosidad agresiva. Un estilo alegre y optimista que la pujante burguesía catalana, inmersa en la Renaixença, demandaba.

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“Por aquel entonces yo no sabía nada de escuelas, corrientes, estilos… Simplemente me dejaba llevar por mi intuición, y, generalmente, acertaba: los pintores que a mí me gustaban eran los que triunfaban en Barcelona”, apostilla Beulas con su débil voz. Entre esos pintores, recuerda especialmente a uno: a Joaquim Mir Trinxet, uno de los más atrevido con el uso del color. “De vez en cuando venía al balneario de Santa Coloma, a las termas de Orión, y pintaba. Todavía conservo un pequeño cuadro suyo que me regaló”, explica Beulas.

Tenía catorce años cuando, el 17 de julio de 1936, los militares golpistas se levantaron en Marruecos y Canarias. Sus padres, preocupados por llevar algo que comer a casa cada día, no simpatizaron con ningún bando. De la guerra, Beulas recuerda que Santa Coloma estaba dividida ideológicamente, y que, un día, un avión sobrevoló la población y comenzó a tirar proyectiles sobre las casas: “no destruyó mucho, la verdad”.

Acabado el conflicto, y obligado por su padre, Beulas comienza a aprender el oficio de sastre. “José, mi padre, me dijo: puedes pintar y hacer lo que te dé la gana, pero, antes, aprende una profesión que te dé de comer”, recuerda el pintor. Gracias a sus habilidades pictóricas, Beulas tardó poco tiempo en aprender a diseñar un traje: “no había que inventar nada, solo había que copiar unos patrones, y a mí eso se me daba bien”.

En 1942, a los 21 años de edad, José Beulas Recasens es destinado al cuartel de la sexta agrupación de montaña de Huesca para cumplir el servicio militar. El viaje de ida, de las fértiles tierras de Santa Coloma a las polvorientas llanuras que rodean Huesca, le produjo una honda impresión: “llegué a Huesca en un vagón de carga y vestido de uniforme. La mayor parte del viaje me lo pasé sentado en el suelo con las piernas colgando fuera del vagón, asombrado ante el paisaje que discurría ante mis ojos. Acostumbrado a las montañas del Montseny y a la exuberante vegetación, apenas podía creer lo que veía”. Así describe Beulas ese viaje en una entrevista concedida al diario Nueva España en 1973.

“Al principio me costó mucho acostumbrarme –explica el pintor con largas paradas entre frase y frase–. Buscaba rincones que me recordaran a mi tierra, pero, al final, desistí”. Hoy, setenta años después, Beulas califica esta experiencia como una de las más decisivas en su carrera artística: “aunque yo no me daba cuenta, el paisaje te obligaba a amar la sencillez, te inducía a buscar la esencia de las cosas, a eliminar lo superfluo, a expresar lo máximo con lo mínimo”.

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Durante el servicio militar, el joven artista es destinado al equipo de transmisiones: aprende el lenguaje morse y lo pone en práctica abriendo y cerrando las láminas de las persianas del cuartel. Mientras, continúa pintando y mejorando su técnica de forma autodidacta, sin apartarse en ningún momento del realismo. “No sabía que había otra forma de pintar más allá de esa. A veces, por pura casualidad, deformaba la realidad, pero no era algo premeditado”, reconoce el pintor.

Durante su primer año en Huesca, Beulas conoce, en palabras del poeta Manrique de Lara, a “una chica de gesto tranquilo, tímida y graciosa, que lo espera cada tarde a la salida del cuartel”. Su nombre es María Sarrate, y, por ella, el joven pintor decide quedarse en la capital oscense tras terminar el servicio militar. En 1946, cinco años después de conocerse, se casan.

Gracias a una carta de recomendación escrita por el catedrático de Historia del Arte José Camón Aznar, en 1948, Beulas, de 27 años, consigue una beca del Ayuntamiento de Huesca para trasladarse con su mujer a Madrid y estudiar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. De su paso por esta institución mantiene vivos dos recuerdos: en primer lugar, que la única asignatura del programa que le pareció útil fue Procedimientos. “Estudiabas los materiales en sí, experimentabas con ellos, veías cómo reaccionaban… Con esta asignatura se podían excusar las demás”, asegura el artista. Y, en segundo lugar, el reto que supusieron para él las clases del pintor cubista Daniel Vázquez Díaz; probablemente el primer contacto que tuvo Beulas con las vanguardias de posguerra. “Era implacable. Exigía un modo de mirar completamente distinto al del realismo dulce al que Beulas estaba habituado”, explica Manrique de Lara en su ensayo.

En el minuto 36:30 de la entrevista, el pintor, de noventa y dos años, emite un profundo suspiro y cierra los ojos. Está cansado. Quimeta se levanta y, con ternura, le acerca un vaso de agua: “tome, beba un poco, que le irá bien”. Beulas comienza a beber y, a los pocos segundos, se atraganta con el agua y comienza a toser. Pasan diez minutos y el pintor ya se siente con fuerzas para seguir hablando.

A finales de los años cuarenta, surgen en diversas ciudades españoles colectivos de arte vanguardista compuestos por creadores abstractos, expresionistas, surrealistas, dada… En Barcelona destaca la escuela Dau al set, entre cuyas filas se encuentra Tàpies; y en la capital, la Joven Escuela Madrileña.

Beulas comienza a experimentar con el paisaje expresionista, y, entre sus amigos, hay varios componentes de la Joven Escuela. Aun así, el pintor catalán se niega en rotundo a pertenecer a ningún grupo: “había mucho cuentista, mucha metafísica, gente vanidosa, gente que solo quería triunfar”, afirma el artista con una mueca de desprecio en la cara. Tal y como advierte la crítico de arte Rosa Martínez de Lahidalga, “resulta paradójico que Beulas sea uno de los pintores más representativos de la escuela de Madrid sin haber pertenecido a ella”.

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Al hablar de influencias pictóricas, el artista catalán destaca dos nombres, también paisajistas, y también contemporáneos: Benjamín Palencia Godofredo Ortega Muñoz. Del primero le atraen los colores primarios, fovistas, que emplea para captar la inmensidad de la llanura castellana. Y del segundo, su paleta terrosa y su estilo naif. “Quizá me haya influido más Ortega Muñoz que Benjamín Palencia”, matiza el pintor.

En 1955, a los 34 años, José Beulas gana una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores para asistir a la Academia Española de Bellas Artes de Roma, un espacio de creación artística por el que, en su día, pasaron Sorolla, Pradilla y el escultor Benlliure.

Beulas define los cuatro años que pasó en Roma como “el paraíso de una vida”. Vive, junto con su mujer, en una vivienda-estudio situada en la colina del Gianicolo, con vistas al Vaticano. En la Academia de Bellas Artes, entabla una gran amistad con tres de los arquitectos españoles más importantes de las últimas décadas: Rafael Moneo, Javier Carvajal y José María García Paredes. “Esta casa, por ejemplo, la diseñó Carvajal; el estudio, que es una maravilla del diseño, García Paredes; y el museo de arte contemporáneo que hay detrás de esta finca, Moneo”, explica Quimeta. Y, en 1956, expone varias vistas del Etna y de las ruinas del Palatino en el pabellón español de la Bienal de Venecia, por aquel entonces, el encuentro de arte contemporáneo más importante del mundo.

En 1966, la Galería Internacional Bernardi organiza a Beulas una exposición individual en Washington. El artista viaja a Estados Unidos y consigue vender los treinta óleos expuestos. “La Phillips Oil Company me compró doce paisajes de una vez, y, durante su transporte de Washington a Nueva York, misteriosamente desaparecieron. Seguramente los robaría alguien”, cuenta el pintor. En 1969, viaja de nuevo a Estados Unidos y expone en Boston, San Diego y St. Louis. Y, en 1970, la prestigiosa galería Kreisler le organiza una exposición en Nueva York. “Hay gente que acaba muy harta del mundo de las galerías, las exposiciones, las críticas –reconoce Beulas–. En mi caso, por suerte, me ha parecido hasta bonito”.

En 1959 se le otorga la Real Orden de Isabel la Católica; en 1960 consigue la segunda medalla de la Exposición Nacional de Bellas Artes; en 1968, la Orden del Mérito Civil y la primera medalla de la Exposición Nacional…

– Mira, ¿ves ese cajón negro que hay debajo de la chimenea? ¿Sabes qué hay ahí en vez de leña? Medallas, medallas y más medallas. Si quisiera, podría prenderles fuego.

– Quimeta: sí, a José todo eso le da un poco igual.

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Detrás de la finca en la que vive Beulas, en medio de un terreno cubierto por césped y viñas sin racimos, se alza el CDAN, el Centro de Arte y Naturaleza de Huesca. Un edificio sin ventanas, gruesos muros de hormigón ocre, y líneas rectas y onduladas, que alberga la colección de arte contemporáneo del matrimonio Beulas-Sarrate. Casi un centenar de obras de los artistas españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX: Juan Gris, Pablo Serrano, Ortega Muñoz, Zabaleta, Saura, Tàpies, Viola… “Lo mejor de la pintura española de los últimos cincuenta años está allí”, señala Quimeta. A principios de los años 90, en agradecimiento por la beca que le permitió estudiar en Madrid, Beulas dona la mayor parte de sus obras de arte a la ciudad de Huesca. Solo exige una condición: que el sitio en el que se alojen esté a la altura. “Visité con el alcalde varios edificios con posibilidad de albergar la colección. No había ninguno decente. Eran todos basura”, cuenta el pintor. Finalmente, en 1996, el Ayuntamiento opta por comprar el terreno aledaño a la finca del artista y construir un nuevo edificio. Beulas elige el arquitecto: su amigo Rafael Moneo, premio Pritzker de Arquitectura que, para diseñar el edificio, se inspira en los Mallos de Riglos. En septiembre de 2001 se coloca la primera piedra del museo; en 2006 abre sus puertas.

Tras vivir a caballo entre Madrid, Barcelona, Huesca, Torla y Santa Coloma, en 1969, Beulas decide fijar su lugar de residencia en Huesca. Desde entonces, prácticamente toda su producción se ha centrado en la miseria y la desnudez de los campos que rodean la capital oscense. Un paisaje que el artista catalán intenta captar con mayor simpleza en cada nueva obra que acomete. El proceso creativo que sigue es raro en un paisajista: en vez de pintar directamente del natural, Beulas pasa horas contemplando los páramos yermos, memorizándolos, destilando su esencia, y, luego, en su estudio, plasma ese recuerdo. Solo así consigue, en palabras del poeta Gerardo Manrique de Lara, “pintar el silencio de Los Monegros”. Tal y como señaló el poeta José Hierro en una crítica dedicada al artista: “el paisaje debe ser vivido tanto como visto. Sentido hasta lo profundo. Recordado, como un sueño, hasta que el artista sienta que en su retina y en su espíritu queda solo lo esencial”. Beulas suscribe todas y cada una de las palabras del poeta. Considera que “un paisaje solo puede ser pintado por aquel que ha vivido largas temporadas dentro de él”. Cree que “un hombre de ciudad que sale al campo con su caja de colores y se siente frente al paisaje no tiene nada que hacer”. E insiste en que “un paisaje no es la reproducción exacta de la naturaleza, sino las impresiones que han calado hondo en el alma mientras contemplabas esa naturaleza”.

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Fotografías: Ignacio Pérez

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