La otra cara del espejo

Mage Doria//

La asociación Arbada realiza un taller de prevención de los trastornos alimenticios 

Sueñan con ser la princesa de aquel cuento de hadas que su madre les contaba. Un cuerpo perfecto, la chica más guapa del reino. A sus quince años, ese es su único deseo. Al igual que la madrastra de Blancanieves, cada día le preguntan al espejo por su aspecto. La respuesta, como le sucedía a la malvada reina, es una negativa. Para ellas, su belleza nunca es suficiente.

Imagen campaña contra la anorexia y la bulimia.

Imagen campaña contra la anorexia y la bulimia.

Como si de una asignatura más se tratara los alumnos del IES Pedro Cerrada (Utebo) han recibido una clase especial sobre la influencia de la moda y la publicidad en el actual concepto de belleza. Arbada (Asociación Aragonesa de Familiares de Enfermos con Trastornos de la Conducta Alimentaria) realiza el taller “Me gusta como soy” con un único objetivo: acabar con el mito del cuerpo perfecto. Un cuerpo que debido a los engaños de la publicidad, cientos de jóvenes llevan al extremo para intentar alcanzar un físico que no existe. “En la consulta ves llegar a chicas extremadamente delgadas solo porque soñaban con verse tan guapas como las modelos de la revista, con parecerse a una mujer que no es real”, indica Sonia González, trabajadora social de Arbada.

Para González, el concepto de belleza es muy relativo ya que “depende de los ojos que te miran”. Asegura que todos somos guapos pero que es la publicidad quien se encarga de convencernos de lo contrario. Por eso, uno de los objetivos del taller es fomentar la capacidad crítica de los alumnos para que sean ellos mismos quienes reconozcan los espejismos que los medios les muestran a diario. “Cuando vosotros veis a una modelo la veis como algo imposible; sin embargo, suelen ser chicas normalitas. Con un buen diseñador y un maquillador profesional todas podemos conseguir ese aspecto”, asegura la trabajadora social.

Los alumnos no opinan igual. Reconocen que el maquillaje ayuda pero que “lamentablemente tampoco hace milagros”, señala Javier Ramírez, uno de los estudiantes del centro.

En apenas unos minutos, su opinión cambia por completo.

Belleza digital

Bajan las persianas y se enciende el proyector. De pronto, cinco imágenes aparecen sobre la pared. González, miembro de la asociación Arbada, pregunta si alguien reconoce a alguna de las chicas que les miran fijamente. Solo una es identificada por los estudiantes: Irina Shayk, una de las modelos más cotizadas de Victoria’s Secret.

La historia se repite en varias ocasiones con diferentes modelos. La respuesta siempre es la misma. Nadie reconoce a las primeras cuatro chicas del montón. Sin embargo, la última fotografía es inconfundible; típica imagen de modelo: cuerpo perfecto, mirada seductora, belleza ideal… Nada que ver con las primeras cuatro chicas. Al menos, a simple vista.

Tras un exhaustivo análisis y la falta de respuesta por parte de sus oyentes, la trabajadora social decide desvelar el secreto que lleva guardándose desde el principio. “Chicos, es la misma persona -aclara- La diferencia es que en la última imagen las modelos van maquilladas y peinadas por profesionales, mientras que en las cuatro primeras van al natural”.

Los estudiantes no dan crédito a lo que están oyendo.

Una vez fuera el maquillaje y los retoques, las modelos de Victoria’s Secret cuelgan sus alas para mostrarse como lo que son, mujeres de carne y hueso. Con sus virtudes y sus defectos. “Es increíble. En las fotos suelen parecer diosas; sin embargo, son… feas”, añade Carolina, una de las jóvenes del aula.

Otra de las herramientas de las que se vale la publicidad para embellecer aquello que se proponga es el conocido Photoshop, programa fundamental en la edición de cualquier sesión fotográfica. González insiste en que hay que mantener los ojos bien abiertos, ya que “aunque no lo creamos, existe una gran diferencia entre lo que nos venden y la realidad”. Los alumnos no son del todo partidarios. Aseguran que en realidad los retoques suelen ser mínimos y que las imágenes de las revistas tienen mucho de real. Ante este comentario, la trabajadora social decide poner su capacidad crítica a prueba. El engaño está asegurado.

La modelo y actriz francesa Isabelle Caro, en la campaña “No Anorexia”, de 2007.

La modelo y actriz francesa Isabelle Caro, en la campaña “No Anorexia”, de 2007.

De nuevo, el proyector. En imagen, una modelo exuberante a la que el paso del tiempo parece haberla perdonado: ninguna línea de expresión, piel perfectamente cuidada y unos ojos azules envidiados por cualquiera. Curiosamente, de un azul tan intenso como el fondo de la imagen. ¿Realidad? Un 5%. Tras el paso de la fotografía por un programa antirretoques “la Venus” se vuelve una mujer corriente, característica por unos ojos marrones, dos tallas menos de sujetador y las líneas de expresión propias de una treintañera.

Ante el descubrimiento, el asombro. “No me lo puedo creer. Nosotras intentamos hacer de todo por parecernos a esas chicas. Las ves y piensas: si ellas pueden, yo también”, lamenta una de las alumnas.

Precisamente, es este afán por imitar algo que no existe lo que provoca que cientos de jóvenes caigan en la anorexia y la bulimia. González, trabajadora social de Arbada, indica que las razones pueden ser varias: predisposición genética, factores psicológicos… pero que es la influencia publicitaria la principal causante de estos trastornos. Ese lobo feroz del que los padres nunca deben dejar de proteger a sus pequeños.

Una vez dentro de la espiral la salida no es fácil. “Los tratamientos son largos y pesados, y lamentablemente el paciente no siempre se recupera”, señala la trabajadora social. Por ello, es tan importante la labor de prevención mediante talleres como este. Ellas reconocen que quieren verse guapas y que el espejo es su juez. Desde Arbada insisten en que deben tener cuidado y no olvidar la lección maestra: distinguir entre realidad y ficción, y ante todo, aceptarse tal y como son. Porque ahora, la historia ha cambiado y es posible que estas nuevas princesas protagonicen un relato en el que el espejo tenga la última palabra. Un cuento que, a diferencia de los de Walt Disney, no terminen con el típico final feliz.

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