BSO: al compás de las emociones

María Irún//

Muchas películas no serían lo que son sin la banda sonora que las acompaña. El trabajo de los compositores es invisible, porque se dirige al alma.

 

Les propongo un juego. Elijan una película, denle al play y luego quiten la música que acompaña a cada una de las escenas. Titanic, por ejemplo. Avancen hasta el minuto en el que Jack se hunde, congelado, en las aguas del Atlántico. Por sí sola, la escena es triste; provoca algo de desesperación, incluso. Muere el protagonista, y deja solo a su amor. Pero la música, en muchos casos, nos ayuda a traspasar la línea entre la indiferencia y la emoción.

Solo con mirar la historia del cine podemos darnos cuenta de la importancia de la música en el séptimo arte. Aun cuando el sonido no traspasaba las pantallas, los espectadores ya reclamaban la presencia de la música para ambientar las expediciones al desierto o la conquista de una bella dama. Antes de que el cine dejara de ser mudo, ya tenía música. Nada que ver con las espectaculares partituras que grandes de la composición como Ennio Morricone o John Williams han compuesto en los últimos tiempos, por supuesto; un simple piano acompañaba a las imágenes. Si el protagonista corría, también lo hacían los dedos del intérprete sobre el piano; si la escena reclamaba un ambiente delicado (melancólico, incluso), podía sonar el Preludio en fa menor de Beethoveen, compuesto para una joven ciega de la que se enamoró el genial músico.

Igual que a finales del siglo XIX los espectadores reclamaron este piano y, más tarde, la Warner impulsó la creación de bandas sonoras para cada una de las películas, nosotros ahora necesitamos esta música para saber interpretar correctamente cada momento del filme. Lo hacemos incluso inconscientemente, ya que a veces ni nos percatamos de que una música está introduciéndose en nuestros oídos y nuestro cerebro y nos está exigiendo llorar o reír, según corresponda. A pesar de que los efectos especiales son cada vez más espectaculares y de que parece que no haya nada imposible para el cine, si no existieran las bandas sonoras, la brava interpretación de Marlon Brando en El padrino quedaría algo vacía, sin las mandolinas repiqueteando al fondo, transportándonos a la atmósfera de la mafia italiana que Nino Rota plasmó en la partitura.

Sello de identidad

Muchas de estas bandas sonoras se han convertido en marcas personales en sí mismas. Si pensamos en espías, sonarán los compases iniciales tan misteriosos como tensos de Misión imposible; si escuchamos los ataques de cuerda de Tiburón,quizás nos lo pensemos dos veces antes de entrar al mar a darnos un baño. Tampoco se queda atrás la banda sonora original de Réquiem por un sueño, película dirigida por Darren Aronofsky que narra las desventuras de un grupo de amigos enganchados a las drogas. La música comienza tranquila y, emulando lo que podrían sentir los protagonistas en un momento de la película en el que no tienen droga que consumir, va aumentando la tensión y provoca en el espectador una sensación de angustia creciente.

Johnny Deep como Jack Sparrow en Piratas del Caribe. Imagen: www.notasdecine.es

Johnny Deep como Jack Sparrow en Piratas del Caribe

Las películas de acción sean quizás las más fáciles de ambientar. Pero, de vez en cuando, un compositor da con la tecla que convierte esa banda sonora en una obra maestra independientemente de la película a la que acompañe. Ocurre con estas composiciones que, escuchándolas sin imagen, consiguen crear en nuestra cabeza una historia con efectos especiales incluidos. Pensemos, por ejemplo, en Las crónicas de Narnia, una banda sonora fantástica en todos los sentidos de la palabra. La percusión en estas partituras toma protagonismo, consiguiendo que el espectador vibre al igual que lo hacen los instrumentos al golpearlos. O Piratas del Caribe, probablemente una de las mejores bandas sonoras compuestas en el nuevo siglo, de Hans Zimmer.

El compositor alemán, seguidor quizás de Wagner por la espectacularidad de sus creaciones, consigue que quien vea la película se sienta un pirata al abordaje en el fragor de la batalla o un bucanero en la taberna más conflictiva de la Isla Tortuga.

Otro género que acoge con gratitud las bandas sonoras es el western. Las melodías silbadas de La muerte tenía un precio o El puente sobre el río Kwai nos hacen creer que en cualquier momento alguien puede retarnos a un duelo al amanecer. Nada que ver con los diabólicos silbidos de Kill Bill, cuya banda sonora pondrá los pelos de punta incluso más que las sangrientas escenas que provoca Quentin Tarantino y que, sin embargo, se convirtió en uno de los politonos de móvil más populares. Todo lo contrario a la amistosa y muy francesa -como no podía ser de otra manera- banda sonora de Amélie, que con la presencia del acordeón nos sube a un carrusel indomable lleno de campanitas y sonidos de caja de música.

Uno de los momentos más emotivos de E.T., gracias al trabajo de John Williams. Imagen: www.caracteres.mx

Uno de los momentos más emotivos de E.T., gracias al trabajo de John Williams.

Pero si alguien ha revolucionado el mundo de las bandas sonoras es, entre otros, John Williams. No por la variedad dentro de sus composiciones, pues se le ha llegado a acusar de autoplagio, sino por devolverle al mundo de las bandas sonoras la importancia que llegó a perder en los años 60. Con él nos subimos a la bicicleta de E.T.montados en una sucesión de escalas ascendentes y notas agudas que nos lanzaban hacia “su casa”, la Luna. También visitamos las estrellas con La guerra de las galaxias, una de las bandas sonoras más reconocidas de la historia del cine, y acompañamos a Harry Potter en sus siete mágicas aventuras, sin olvidarnos de la emoción lacrimógena de La lista de Schindler (tal vez en exceso, teniendo en cuenta lo cruel de la historia que cuenta), la vitalidad que transmite con Indiana Jones o el viaje a tierras orientales con Memorias de una geisha. Más de cien bandas sonoras que le han valido cinco Oscar y 47 nominaciones a este mismo premio.

La vida es bella. Imagen: www.abc.es

La vida es bella.

Una muerte, una batalla o la conquista del espacio no se cuentan solo con palabras o imágenes en el cine. La música que las acompaña tiene que ser capaz de emocionar por sí misma, sin depender de si el actor o actriz que representa la escena es pésimo o el mejor de la historia.

La banda sonora puede emocionarnos, puede hacernos sonreír incluso aunque narre la historia de unos judíos en el exterminio nazi (como ocurre con La vida es bella, con música de Nicola Piovani, por la que consiguió un Oscar); también puede provocarnos escalofríos, ansiedad, asombro o ganas de empuñar un fusil y defendernos de nuestros enemigos. Por algo dicen que la música es el lenguaje universal.

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