Los condenados de Higgins

Marta Sofía Ruiz//

George Higgins revoluciona la novela negra y convierte a los delincuentes en los protagonistas de la acción, en el oscuro Boston de los setenta. 

Caótico, oscuro y real. George V. Higgins no es un creador de novelas al uso. Sus libros están llenos de personajes difuminados en barras de bar. Antihéroes que intentan sobrevivir pasando droga y transportando perros robados, que atracan bancos y timbas de póker con la esperanza de que el sicario cace a otro. Higgins (1939-1999) no escribe historias con un cadáver en el salón, líneas en el suelo y un detective mejor o peor construido que llega a la elemental conclusión. Esta vez no ha sido el ya trillado mayordomo o la amante despechada la autora de la muerte. En sus novelas ni siquiera hay detectives. En la mayor parte de las historias no hay ni cadáver, al menos al principio. Solo un puñado de hombres que intentan sobrevivir y llegar a fin de mes. Hombres que planean grandes golpes que nunca llegan a ser tan grandes. Hombres llenos de luces y de sombras cuya identidad es lo menos importante de la historia.

Higgins además no se lo pone fácil al lector. Sus libros son un borrón rápido de diálogos que muestran lo que los personajes quieren contar. Construyen una historia a través de conversaciones en bares, coches y por medio de teléfonos públicos. En Los amigos de Eddie Coyle, la primera de sus veintisiete novelas y la que le daría más fama y prestigio, un 80 por ciento del contenido son diálogos. El libro tiene un ritmo trepidante, sin apenas descripciones. Nada de campos de trigo y del movimiento de las hojas por el viento. Ni siquiera en su otra gran obra maestra, Mátalos Suavemente, alcanzará la realidad de esos diálogos tan naturales, humanos, patéticos y crudos. Intentará recrear las líneas magistrales que consiguió sin pretenderlo en su primera novela. Pero sus personajes nunca volverán a ser tan libres y vivos.


De fiscal a revolucionario de la novela negra

Después de unos primeros años dedicado al periodismo, George V. Higgins, originario de Massachusetts, ejerció de fiscal y abogado. Durante siete años trabajó para el Gobierno en la lucha contra el crimen organizado de la zona de Boston, actividad en la que claramente se inspiró para sus novelas. Sin embargo, Higgins no cuenta la historia de esa lucha, sino que olvida las distinciones de buenos y de malos para adentrarse en una escala de grises en la que los criminales son los protagonistas. La presencia de la policía es necesaria, pero no la sitúa como el eje imprescindible de la acción. Son una parte minoritaria en las calles, y aquellos a los que se quiere eludir.

10311980_10202709479272210_782142073_n

Imagen de Boston en los setenta

Cuando se lee a Higgins es mejor no encariñarse con los personajes. Las probabilidades de que sobrevivan o de que permanezcan en la calle más de tres años seguidos son bastante escasas. En Los amigos de Eddie Coyle, que en realidad no tenía muchos amigos, encarcela a Jackie, un joven traficante de armas que parecía imposible de cazar. Y hará liquidar a Eddie, porque todo el mundo creerá que él ha dado el soplo de un gran golpe. En Mátalos Suavemente, volverá a trabajar con la idea de culpabilidad. En la calle, en determinado punto, no importa si has dado el golpe o no. Si la opinión pública cree que eres tú el que ha jugado con la mafia, un sicario te matará sin mayores remordimientos. Y abandonará tu cadáver en una cuneta. Puede que hasta le des pena. Pero los errores se pagan, y él no puede cometer el error de no matarte. Nada personal.

Mátalos suavemente, adaptada al cine en el año 2012, con Brad Pitt como protagonista, cuenta la historia de Cogan, el sicario de la mafia de Nueva Inglaterra encargado de resolver el atraco a una timba de póker clandestina. Un Cogan que en la versión cinematográfica es mucho más guapo y de mejor planta que el hombre machacado que el lector imagina al leer el libro. Giros e interpretaciones de la gran pantalla, que además traslada la acción a la actualidad y sitúa la historia durante la campaña electoral entre Barack Obama y John McCain.

10268215_10202709475952127_1121129650_n

Fotograma de Mátalos Suavemente, con Brad Pitt en el papel de Cogan

Esta adaptación al cine es la culpable del cambio de título de la novela en su edición en España, que se alejó del nombre original para optar por la traducción del Killing them softly de la película de Andrew Dominik. De esta forma, la novela española ignora el Cogan’s Trade original de Higgins, que nos avisa desde la portada del libro de la importancia del sicario y que continúa con la tradición que el autor empezó con Eddie de trasladar a sus personajes al título de la novela.


Matar por costumbre

Tras realizar su búsqueda y cazar a los culpables, Coganes el encargado de dejar claro cómo funcionan las cosas y justificar (o no) los mecanismos de la mafia, de las muertes e incluso de las historias de Higgins: “Esas cosas pasan por muchos motivos. Hay tíos que acaban muertos porque han hecho algo y tíos que acaban muertos porque no han hecho algo, qué más da. Lo único que importa es si tú eres el tío al que van a matar. Eso es lo único que importa. Joder”.

Las narraciones del que ha sido calificado como un revolucionario de la novela negra son directas, con diálogos llenos de verborrea y humor. Las historias son tan sórdidas como sus personajes, pero las tramas no son especialmente elaboradas ni poseen un giro final que descubre un culpable inesperado. El lector conoce al culpable. Y si conoce a Higgins sabe que morirá al final del telediario.

Las mujeres son sus grandes olvidadas. Solo aparecen por referencia o mediante frases de reproche a sus maridos e hijos. Madres destrozadas que rezan en la visita a la cárcel, prostitutas de baja estofa, y esposas enfadadas a cargo de los hijos. La presencia es mínima. Ninguna femme-fatale, ninguna delincuente de tonos grises. Puede que sea el crimen de los 70, puede que sea Higgins o puede que sean los diálogos de sus personajes, que no necesitan mencionarlas. Pero por las páginas de sus novelas solo desfilan mujeres de escasa importancia y que nunca llegan a ser descritas. Una prostituta negra, una hermana que le deja quedarse en el sofá, una esposa que compra perros en nombre de su marido… pinceladas. El amor tampoco es un factor y el romanticismo está desterrado de sus libros. El sexo es crudo y algo básico. Una necesidad fisiológica de los hombres que pululan en busca de prostitutas al salir de la cárcel y que solo esperan que sus mujeres no les riñan demasiado antes de conseguirlo. Únicamente Cogan habla bien de su mujer. Go Cogan.


El gran asesino: el autor

En Los amigos de Eddie Coyle, Eddie deberá delatar a alguno de los grandes pistoleros y matones que conoce. Mientras se mezcla en una nueva historia de armas para sobrevivir, tendrá que decidir a quién entrega para evitar los tres años de cárcel a los que se enfrenta. Eddie es un buen tío, de golpes pequeños, una mujer a la que no quiere volver a ver pero a la que es incapaz de dejar y que solo aspira a no volver a prisión. Nunca llegará a delatarlos. Una azafata, la “chica” en ese momento de uno de los implicados en un gran golpe, será quién le comente a un policía los ingresos de dinero que “su hombre” le ha mandado hacer en las escalas de sus vuelos. Pero el pobre Eddie recibirá un tiro de Dillon. Porque parece el claro culpable. Con Dillon, Higgins elabora a un personaje tan bueno e ilocalizable cuando mata que su creador se deshará de él en Mátalos Suavemente de un ataque al corazón. Nadie gana en las calles de Boston.

Tras el triste final de Eddie, del que el lector puede hacerse amigo por honrar el título, la novela nos aclara, de la mano de un abogado y un fiscal, que no hay nada que hacer; el mundo seguirá moviéndose, unos vendrán, otros se irán y nosotros solo podremos seguir mirando cómo Higgins condena a sus personajes.

-“Volverá a estar en chirona, otra vez, aquí o en otro sitio, y yo estaré hablando con otro hijo de puta, o quizá de nuevo contigo, y lo juzgaremos otra vez y volverá a salir libre. ¿No se termina nunca esta mierda? ¿En qué mundo las cosas no cambian nunca?

-Eh, Foss- dijo el fiscal, tomando a Clark por el hombro- pues claro que cambian. No te lo tomes tan a pecho. Algunos mueren, los demás envejecemos, llega gente nueva, los antiguos se marchan…Las cosas cambian todos los días.

-Pero apenas se nota- dijo Clark.

-Eso sí- asintió el fiscal- apenas.”

——————-

Los amigos de Eddie Coyle. George Higgins. Traducción de Monserrat Gurguí y Hernán Sabaté. Libros del Asteroide. Barcelona, 2011. 193 páginas. 16,95 euros.

Mátalos suavemente. George Higgins.Traducción de Magdalena Palmer. Libros del Asteroide. Barcelona, 2012. 230 páginas. 16,95 euros.

Anuncios