¿Fútbol o dinero?

Diego Alcalá//

El fútbol esconde, entre jóvenes promesas, la realidad de unos niños comprados y, en ocasiones, abandonados.

Más bien ambos dos. Para unos “periodismo cash”; para otros, fábricas deshumanizadas. Para ellos y para todos nosotros: un negocio. En la Sudamérica descrita por Juan Pablo Meneses en Niños futbolistas (2013), familias enteras viven por y para el fútbol. Sus hijos y el balón son la única esperanza para escapar de la pobreza. Un buen regate, un gol y la suerte de que algún ojeador europeo esté eligiendo en ese momento la mercancía desde la grada. Después, unos pocos llegan a jugar verdaderamente, de otros muchos se deshacen.

Juan Pablo Meneses en una entrevista a ABC

Juan Pablo Meneses en una entrevista a ABC

Hablábamos de periodismo cash. Sin demasiados alardes de inglés, el término debe acercarse mucho al concepto de dinero: periodismo por dinero, información por dinero… Para el escritor y periodista chileno Juan Pablo Meneses el periodismo cash es una cacería: “Emprendo mi primer viaje en busca de un protagonista para este libro. El avión despega de Buenos Aires. Se inicia así la historia de una cacería”. En su anterior viaje, Juan Pablo Meneses se ocupaba de desenmascarar los secretos lucrativos de las industrias cárnicas y colocaba una como vaca epítome y protagonista de su relato; ahora, con Niños Futbolistas, el autor destapa los intereses económicos de una mafia mercantil de la que los jóvenes sudamericanos son la materia prima: el fútbol.

Qué bonita la historia de aquel Messi de doce años y su servilleta: el contrato del mejor jugador del mundo a punto de esfumarse como un soplo de viento. Millones de euros en tinta de bolígrafo con el mayor futuro futbolístico apalabrado en una simple servilleta de bar. Porque de eso se trata: de firmar. Poco importa dónde, cómo ni cuándo, hay que ser el primero en atar a la presa y estas están sobre todo en Sudamérica. Niños futbolistas es una caza de niños, un mercado humano, unas vidas con precio, unos sueños comprados. Por sus páginas, Meneses recorre plazas, campos, estadios, callejones y barrios de las ciudades más importantes del sur del continente. Entre ellas se esconden solo nombres, ni rastro de personas:

“- ¿Cuál es tu nombre?

– Sandro Martín.

– ¿Edad? – Nueve años.

– ¿Posición en la cancha?

– Marcador.

– ¿Dónde te gustaría jugar?

– Real Madrid.

———————–

-¿Cuál es tu nombre?

-Aldair Cáceres.

– ¿Edad?

– Ocho años.

– ¿Posición en la cancha?

– Delantero.

– ¿Dónde te gustaría jugar?

– Barcelona.”

Con menos de diez años los niños saben que la cancha es su casting dominical y para los ojeadores su gran oportunidad de futuro.

El viaje del autor es largo, no es fácil encontrar otro Messi. Por el camino muchas personas intervienen, hablan, negocian, contratan… ¡Hay dinero para todos! Y son las sombras de estas figuras las que desdibujan el fútbol que, en definitiva, es lo más importante (o más bien lo era). A mitad de la historia, el autor sigue en Sudamérica, pero para el lector el campo de fútbol parece haberse transformado en una sala de despacho, el niño en un proyecto empresarial, Meneses es el director y los padres… los padres escuchan y firman. Alrededor de toda esta red no faltan abogados, promotores y economistas esperando su tajada de la operación. El montante total no llega en ningún caso a los quinientos dólares y el reparto final, si todo sale bien, mejora con los años, como el buen vino. El niño es su producto, el de todos, y al producto hay que cuidarlo bien, pero sin encariñarse demasiado por si caduca. Efectivamente, Meneses está en América de cacería.

 La obra refleja la realidad más honesta y oculta del fútbol. En Sudamérica muchos padres están dispuestos a vender a sus hijos en busca de un futuro mejor, para el niño pero también para ellos. Saben que en España, Italia, Francia o Alemania otros tantos están dispuestos a comprarlos para sacar el máximo partido de sus habilidades con el balón. Lo cierto es que estos países han mejorado mucho sus estrategias para comprar niños de manera “legal”, sobre todo cuando pueden esconder fácilmente la realidad con contratos que hablan de un futuro, en la mayoría de las ocasiones, truncado. Pero ¿y si les sale un buen futbolista? La calidad de uno solo puede tapar los agujeros económicos de los que se perdieron por el camino, por eso siempre hay gente dispuesta a intentarlo.

 De la cacería de Niños futbolistas no se libra nadie, ni siquiera los medios de comunicación. En su libro, Meneses narra cómo charlaba habitualmente con un periodista que se sentaba junto a él en la grada para ver jugar a esos chavales. Su objetivo era apuntar dos o tres nombres en una libretita que siempre llevaba a su lado y a la que ni siquiera a Meneses dejaba acercarse. Al acabar el partido, desde España, al otro lado del teléfono respondía un agente de futbolistas que apuntaba los mismos nombres que mostraba la libreta. La conversación concluía: “Mañana te paso tu parte”. Si los niños demostraban su talento con la pelota, aún faltarían por sumarse los representantes, clubs, presidentes, entrenadores… en busca de su parte: “Cuando uno sale del aeropuerto de Buenos Aires, lo primero que ve son campos de entrenamiento pensados para la exportación”. Razón llevan quienes afirman que el fútbol en Brasil y Argentina es una religión. A la vista de Meneses, quizás más que eso. Si la cocaína es la droga made in latinoamérica, igualmente lo son esos niños entrenados para chutar.

A finales del año pasado el empresario Lolo Otero, manager de la agencia Sueños Comunicaciones vio un vídeo en Youtube de un niño que levantaba poco más de un metro del suelo y que hacía maravillas con el balón. En poco más de una semana Otero estaba en la Patagonia: el niño era suyo y la firma de la familia cedía el derecho de gestionar a su hijo, de “moverlo”. Otero no lo compró para escribir un libro, por eso apenas nadie se enteró.74.000 kilómetros, 134 partidos, 89 horas de grabación, 16 ciudades, 9 países y 15 libretas después, Meneses sí tiene su libro y con él la verdadera historia del otro fútbol.

 El sueño de ser futbolista

Amadou y Moussa fueron productos caducados. Ellos son los protagonistas de Diamantes negros, pero también de muchos sueños truncados. En esta película española, Miguel Alcantud muestra la misma realidad de Juan Pablo Meneses pero en África.

Sol, tierra, hierbajos y dos palos a cada lado de un campo pintado sobre arena. Alrededor de una pelota quince niños corren descalzados al son de los bongos africanos. Baile, fútbol o una mezcla de ambos. Moussa es alto y flaco, Amadou es el más fuerte. Los dos son buenos jugadores, son mejores que el resto y en ellos se fija un ojeador español. Cambia la escena en la pantalla y a través del cristal de un coche los dos jóvenes futbolistas ven, por primera vez en sus vidas, un rascacielos, la puerta del Sol, el Bernabéu, el metro… Están en Madrid porque un representante los ha comprado. Desde aquel campo de tierra hasta su piso de alquiler en España ya han generado dinero, por el momento al ojeador, aunque otros tantos esperan aún cobrar su parte.

Momento de la película Diamantes negros en el que Amadou y Moussa llegan a España

Momento de la película Diamantes negros en el que Amadou y Moussa llegan a España

La película corrobora la investigación de Juan Pablo Meneses y pone cara y nombres a personajes (reales) que en la ficción responden al nombre de Amadouy Moussa. Es el momento de su llegada a España. Sus historias en el filme no son diferentes a la realidad de muchos: “Te sacan del país, en algunos casos ni siquiera es el club el que se encarga del viaje, sino tú mismo, y una vez que llegas a Europa te das cuenta de que todo lo que te habían dicho no es verdad”. Es Alassane Diakite, uno de los actores de Diamantes negros que representa a todos esos futuros futbolistas que quedaron por el camino, o al menos esa fue la idea del director Alcantud. Como Meneses, él también quiso vivir in situ la cara más oculta del deporte rey, y la encontró en Malí: “Lo que más me sorprendió es que no se supiera nada de esto”. ¿A quién le interesa que esto se sepa? Nace así un nuevo género cinematográfico futbolístico, una denuncia social, quizás algo más que eso, quizás mucho más que eso, pero probablemente apenas un bache en la pista de despegue de este libre negocio.

La fábrica

Existe otro enfoque, siempre lo hay. La cara B de la noticia, que en este caso la protagonizan los medios de comunicación, quienes eligen mirar hacia el lado opuesto y tapar la realidad contrastada por Meneses y Alcantud. Por prestigio y audiencia llevan las de ganar. Son los informativos que hablan de las canteras de fútbol, los torneos infantiles financiados por “humildes” asociaciones (el campeonato Alevín de Brunete organizado por la Cadena Ser), los realitys televisivos en busca del nuevo Messi: auténticas fábricas de futbolistas en el sentido más literal de industria. Los medios de comunicación se esfuerzan por apoyar la causa, son una mano en el reparto, son los promotores publicitarios del producto y tienen que venderlo bien.

 Hablamos de Nike, Adidas o Cuatro, y por tanto nos referimos al mismo tiempo a los programas televisivos Chance, Camino a la gloria, Football Cracks. En el primer caso, la marca deportiva más mediática del planeta promueve cada año su campaña futbolística de entrenamientos, Chance, en busca de un talento perdido aún sin representante. Camino a la gloria lo imita, pero como no goza de tanto prestigio lo busca emitiendo su reality en una televisión sudamerciana. Ya saben, un Gran Hermano de fútbol del que solo se habla unos meses, mientras dura. FootballCracks[4] fue su versión española con ZinedineZidane como invitado especial. En definitiva, castings de niños de los que sale un único ganador con el premio de entrenar con las categorías inferiores del Real Madrid: Aimar Centeno e Iván Ruiz, ellos fueron los “afortunados” por si les suenan. Ambos suelen acudir al Bernabéu, pero como espectadores, porque después de ver que no valían ni el Madrid ni ningún otro equipo les quiso. Pero las televisiones ya habían cobrado su parte.

 Hablamos también de las canteras de los equipos de Primera División, siempre al acecho de esa joven perla que asombra entre los vídeos más vistos de Youtube. Y es que si de fábricas se trata, existe una por excelencia con nombre propio: La Masía, la residencia infantil para jugadores del F.C.Barcelona. Cuánto y cuán bien se ha oído hablar de ella en todas partes. La de los Iniesta, Cesc, Puyol o Piqué. Porque este negocio no conoce fronteras y funciona tanto en el extranjero como en nuestro país. Por eso, si en un torneo de fútbol un joven de Fuentealbilla llamado Andrés destaca incluso por encima de los chavales de su edad que juegan en el Barça, se habla con su padre, se le busca representante y se le lleva a vivir a La Masía. Así se hizo y hoy por hoy el negocio salió redondo para los blaugranas. Con Iniesta funcionó, otros tanto se quedan por el camino sin importar lo que hayan perdido en él. ¿Recuerdan? Si caducan a la basura. Quizás el sueño sea solo eso. Quizás los representantes sean los verdaderos futbolistas. Quizás el fútbol sea solo cash.

 

 

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