De garçonnes a it-girls

Montse Rodrigo//

Las it-girs son las chicas más copiadas del momento. De ellas, todo gusta: su look, su peinado y su actitud. Pero, cada vez más, es el hombre el que conquista calles y pasarelas.

Camiseta a rayas y pantalón ancho estilo boyfriend.

Camiseta a rayas y pantalón ancho estilo boyfriend

La moda, como expresión de la libertad, cambia sin cesar. Cada temporada las pasarelas se llenan de nuevas tendencias que, posteriormente, saldrán a la calle y serán acogidas o rechazadas. Actualmente la moda es ecléctica; una mezcla de prendas y accesorios que vienen y se van, que se adueñan de las calles y al día siguiente caen en el olvido. Ahora lo que se lleva es el boystyle. La revista Cosmopolitan lo define como un estilo de vestimenta creado expresamente para la mujer, pero que sigue las principales líneas de las prendas masculinas. Sudaderas, jerseys anchos, zapatillas de deporte y mocasines clásicos; todo cabe en él.

Garçonnes: elegancia personificada

Aunque este gusto por lo masculino no es novedad, sino que tiene su origen en París en 1920 con la aparición del término garçonne. Pero, ¿quién se escondía detrás de ese nombre? Todas aquellas mujeres que reivindicaban sus derechos y defendían a ultranza la igualdad de género. Las garçonnes ocultaban su fisionomía natural para evitar así que se identificara feminidad con debilidad. Optaban por cubrir sus cuerpos con un esmoquin y una corbata, entre otras prendas, como símbolo de igualdad entre sexos. Pero siempre sin renunciar a la finura y la elegancia propias de la mujer de los años veinte, pues en su atuendo se observaban pequeños toques femeninos como una manicura francesa impecable o un peinado impoluto domado con kilos de laca.

Garçonne de los años 20.

Imagen de una Garçonne de los años 20.

Hoy en día las celebrities que se han hecho eco del boystyle tampoco renuncian a su feminidad, y mucho menos a estar resplandecientes. Tan sólo es necesario observar sus rostros “sobremaquillados” –aunque ellas estén convencidas de la naturalidad de su maquillaje- para darse cuenta de que su objetivo es mostrar al mundo un estilo desenfadado, aunque detrás de éste haya un gran equipo de estilistas que ha trabajado durante horas para lograr el resultado final; informal y sofisticado al mismo tiempo. Otro de los rasgos que definen este estilo que ha conquistado a tantas y tantas mujeres es el pelo corto a la francesa; imitando el five-point-cut – inspirado en los Beatles- de Mary Quant, impulsora de la minifalda en Inglaterra.

Mujeres y hombres, ¿Iguales?

Sin embargo, nunca hemos oído hablar de la aparición de un girlstyle para hombres. En El sistema de la moda (1967), Roland Barthes habla de “la prohibición de la feminización del hombre” frente a la masculinización de la mujer. Y es que, a decir verdad, la moda conoce a la perfección la oposición entre lo masculino y lo femenino. En el universo del vestido, el hombre ocupa una posición inferior a la mujer. Existe un reconocimiento social del boy look para las mujeres, pero los hombres, a menos que afronten el desprecio, difícilmente pueden adoptar prendas femeninas. Una mujer puede llevar un jersey tres tallas más grande de lo habitual y seguir conservando su belleza y feminidad. O puede levantarse de la cama con la camisa de su pareja – imagen muy común en las películas americanas- y mantener un aire sensual. Por el contrario, el hombre generaría reacciones muy distintas si se pasease por la calle con los labios pintados con carmín rojo, enfundado en una falda ajustada y sobre unos tacones de diez centímetros. Las deportivas, los pantalones y las gorras son para los dos sexos, pero el abanico de posibilidades para los hombres, en cuanto a vestimenta, es mucho menor. No obstante, cada vez son más los hombres que incorporan complementos a su atuendo, tales como un fular o ciertas joyas. En lo que al peinado se refiere, la diferencia de sexos desaparece: la mujer de pelo corto y el hombre con melena son aceptados por igual e incluso resultan más interesantes para la sociedad que el resto de individuos.

Five-point-cut de Mary Quant.

Imagen del Five-point-cut de Mary Quant.

Retomando la idea de la desigualdad de sexos en la moda, ¿por qué un hombre no podía llevar una falda en la década de los sesenta? Tanto en aquel momento como en la actualidad, una mujer podía meterse dentro de un esmoquin e ir a una entrevista de trabajo, pero un hombre no podía salir a la calle con una falda. Jean Paul Gaultier diseñó en los ‘sixties’ la “falda pantalón” para el hombre, aunque se consideró una opción no viable en ese momento. Sin embargo, dos décadas más tarde algunos cantantes como Miguel Bosé sorprendieron a su público con esta prenda sobre el escenario. En el caso del español lo hizo en el año 1984, año del lanzamiento de “Sevilla”. No hace mucho tiempo que el diseñador Marc Jacobs apareció paseándose por las calles neoyorquinas con una falda negra a la altura de las rodillas, aunque no se puede definir como exitosa la acogida de esta prenda por parte de la población masculina. Salvo en Escocia, debido a la tradición del país.

Los hombres de pelo largo, un gran atractivo.

Imagen del estilismo de un hombre en un desfile actual.

Sin embargo, la realidad en el mundo islámico es muy diferente: las faldas y túnicas son dos elementos propiamente integrados en la vestimenta masculina. Mujeres y hombres llevan vestiduras sueltas y ondulantes, siempre y cuando cubran su cuerpo desde el ombligo hasta la rodilla. En el caso de los hombres, llevan una larga túnica – conocida como thawb o suriyah– a juego con una ghutra, un pañuelo a cuadros que colocan sobre su cabeza. Pero a pesar de la similitud de las prendas del mundo árabe, el atuendo masculino ofrece menor variedad que el de la mujer, ya que estas combinan sus túnicas y velos con sedas de diversos colores, e incluso con pedrería.

Adiós al corsé opresor

Para comprender realmente el significado de la aparición de siluetas femeninas cubiertas con trajes masculinos, hay que hacer una retrospectiva al pasado y detenerse en tres prendas clave: el chándal, el pantalón femenino y la minifalda.

En la década de 1920 apareció el sportwear para dar respuesta a un nuevo ideal de belleza basado en el dinamismo y la comodidad. Estos valores se han conservado hasta nuestros días, ya que la mayoría de firmas antepone la funcionalidad sobre la estética: se prefiere la deportiva al tacón y la sudadera ancha a la camisa ceñida. El diseñador francés Jean Patou fue el primero en abrir una boutique de deportes en París – a la que llamó “Le coin des Sports”-, basada en la idea de que lo “chic” eran los conjuntos deportivos y no los trajes serios que formalizaban la apariencia de las personas. Con la aparición de este estilo fue cuando se habló por primera vez de la democratización de la moda, que se intensificó con la llegada del pantalón y la minifalda en los años sesenta.

Los años sesenta: el boom de la minifalda.

Imagen del boom de la minifalda en los sesenta.

Los pantalones se convirtieron en una prenda unisex, al igual que lo son hoy en día; tanto mujeres como hombres los llevan, sin ninguna distinción de género. Y los hay de todos los colores, tamaños, texturas, larguras y estampados. Pero la realidad es que la incorporación de esta prenda en el atuendo femenino supuso la “liberación” de la mujer, convirtiéndose en el símbolo de su incorporación al mundo laboral – éstas comenzaron a vestirse con monos de trabajo durante la Segunda Guerra Mundial-. Gracias a algunos diseñadores de Alta Costura como André Courrèges o Cristóbal Balenciaga, esta prenda se transformó en un nuevo objeto de moda revolucionario que cambiaría la concepción de la mujer moderna. En 1966 Yves Saint Laurent integró el jean en sus colecciones de prêt-à-porter, y es a partir de ese momento cuando los diseñadores comienzan a introducir variaciones en el pantalón, adaptando la prenda a un cuerpo femenino con curvas. Aparecen también nuevos tipos de pantalones – confeccionados con menos tela- como las bermudas, que generaron una fuerte polémica sobre la desnudez del cuerpo. Polémica que se hizo todavía más grande con la llegada de la minifalda, popularizada al aparecer en la revista femenina de moda Vogue en 1965. Todos los nombres de prendas que empezaban por “mini” –minifalda, minivestido, minipantalón- liberaron a la mujer encorsetada de 1950, completando el proceso de “desnudo del cuerpo” que culminaría con la llegada del bikini. Lo que entonces suponía un gran debate para la sociedad – el de acortar la largura de las prendas-, hoy parece ser tomado con normalidad. Shorts de la anchura de un cinturón o camisetas que terminan a la altura del ombligo llenan los escaparates de los grandes almacenes. No importa si es verano o invierno, si hace calor o frío, porque aparentemente lo “mini” se lleva en cualquier época del año sin importar la temperatura.

El boystyle del momento no forma parte de una ideología ni nace de una reivindicación, sino que forma parte de lo que se lleva. Se trata de una moda que ya existió pero que las it girls – las chicas del momento- han recuperado hoy en día para responder a las necesidades de un público femenino ansioso de nuevas tendencias. Lo que es casi seguro es que este estilo no durará mucho en la pasarela ni en la calle porque la moda cambia sin cesar y se renueva cada día. Lo que hoy llena las portadas de Vogue o Elle, mañana será anticuado; la moda de hace un par de días aburre mientras que la del pasado lejano fascina. Esto explica el gusto actual por lo vintage y lo retro. Anhelamos las prendas que evocan el pasado y que apelan a nuestra nostalgia. Por ello es probable que, aunque ahora el estilo masculino se cuele en los vestidores de las mujeres, desaparezca y vuelva a aparecer dentro de unas décadas, tras haber pasado por múltiples tendencias de diferentes épocas, formas y colores.

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