Cuando el porno lleva la marca Lust

Astrid Otal//

El cine X de Erika Lust: Cinco historias para ellas; Life, Love, Lust; Cabaret desire.

Lust

El porno estético de Erika Lust.

La primera vez que Erika Hallqvist (1977, Estocolmo) vio cine porno lo detestó. Era todo demasiado artificial, frío, no había nada humano en las escenas. Se dio cuenta de que la inmensa mayoría de las películas producidas consistían en una perspectiva masculina agresiva, sin pasión, donde las actrices de uñas postizas y tacones de infarto ni siquiera obtenían placer. Y decidió pensar en las mujeres, en sus orgasmos, en grabar un sexo más acorde con sus gustos. La sueca asentada en Barcelona, licenciada en Ciencias Políticas, pasó así a ser la directora Erika Lust; porque Lust significa deseo, y lo echaba en falta en la pornografía tradicional.

Los inicios del porno en los años setenta se parecen mucho a lo que Erika Lust lleva a la pantalla; se esfuerza en crear, en usar la imaginación. Mezcla erotismo, sexo y una historia de trasfondo. Una especie de Garganta profunda o Detrás de la puerta verde con revisión feminista. Produce cine –con todo lo que la palabra conlleva-: buenos planos, buena música, sentido y belleza. Cine, porque hubo un momento en que el porno se degradó, se trasformó en un producto de vídeos hechos de cualquier manera con penetraciones ultrarrápidas; un follar absurdo y desapasionado más parecido a ejercicios mecánicos que a un encuentro entre dos personas que se atraen apasionadamente y quieren gozar.

En la filmografía de LustCinema -la compañía que montó junto con su socio y marido Pablo Dobner- importa la técnica. Erika Lust aprendió el proceso de producción cuando se encargaba de algunos rodajes para Sony Pictures, y se aprecia el cuidado estético. Una de sus últimas producciones, Life, Love, Lust (2010), lo demuestra. La película está formada por tres piezas independientes: Life, un encuentro extasiado entre la camarera y el cocinero de un bar. Love, la seducción que se produce entre una ejecutiva madura y un joven. Lust, la sensualidad de un masaje lésbico. Un film con fuertes implicaciones personales de la directora. El mismo Life acaba con una madalena, una vela y un regalo por ser el cumpleaños del chico. Dentro del regalo, un test de embarazo positivo; el propio test de embarazo de Erika Lust que confirmaba que iba a tener a su segunda hija.

Tres historias de diez minutos de duración cada una –como ocurre en casi todas sus producciones- porque es justo el tiempo relacionado con la excitación. Y esa excitación se experimenta porque el contenido y cada detalle importan. Comienza a sonar Miren Iza de fondo y se cierra la persiana del bar. Acaba la jornada para el cocinero y la camarera, que ansían disfrutar solos de las copas que les toca ahora servirse. La pareja ríe, se mira, se desnuda y acaba fundida en una complicidad digna de ser grabada para la posteridad. El contenido es un orgasmo de dos.

La carrera profesional de Erika Lust muestra un progreso destacable. Cinco años antes se había dado a conocer con The good girl (2005), un cortometraje gratuito en Internet que fue descargado más de dos millones de veces en tan solo unos pocos meses. Además de ser premiado internacionalmente. En el corto, una empresaria de éxito decide dejar de comportarse según los patrones de “buena chica” y cumplir sus fantasías sexuales con el repartidor de pizza que llama a su puerta. La liberación de los estigmas sociales femeninos.

Pero este debut, que posteriormente se incluyó en el largometraje Cinco historias para ellas (2007), está lejos de lo que Erika Lust es hoy. No solo porque el film sea –como reconoce la propia directora- un poco quinqui, sino porque el diálogo de esos actores que no saben actuar le quita encanto aunque el guión sea bueno. Por eso en las siguientes películas los actores apenas hablan (Life, Love, Lust es prácticamente muda) o se encargan voces en off de desarrollar la trama (como sucede en Cabaret desire).

No obstante, hay algo que no cambia, que permanece de forma inmutable: para Erika Lust, las mujeres también son protagonistas. Existe placer, disfrutan. Porque no es el porno de Nacho Vidal –al que tanto pone como ejemplo de lo que ella jamás haría-; no es el porno masculino en el que él alcanza el orgasmo y eyacula en la cara de ella, como culmen de la humillación. Su cine X es un sexo de dos: sin exclusiones, sin agresividad, donde los dos consiguen el éxtasis. Nadie utiliza a nadie, se encuentran allí porque ambos se desean con intensidad, y en las escenas impera un equilibrio de goce.

Aparece el deseo femenino: no es una imagen falocéntrica, no importa únicamente la libido masculina. La mujer no se dispone delante para solo estimular al hombre, no funciona como un mero instrumento que proporciona placer; ella, también lo siente. Se experimenta con los múltiples gustos o fantasías que cada una pueda tener. La mujer puede ser la dominatrix, una ejecutiva de éxito, una estudiante con pareja o, básicamente, alguien de lo más normal que simplemente quiere tener sexo. Y quiere tenerlo sin que se dé por hecho –como ocurre en el porno tradicional- que el acto consiste y finaliza en el orgasmo de él.

Un cabaret erótico-poético

Carátula de la película Cabaret Desire

Carátula de la película Cabaret Desire

La mayor sofisticación vino con Cabaret desire (2012). Se enamoró de la idea del prostíbulo poético que se inició en Nueva York a principios de 2007 y se extendió al extranjero. Un burdel que desnuda a los artistas por dentro: su intimidad expuesta. Poesía íntima que se lee a los clientes en un lugar bohemio, en un ambiente de corsés, sombreros, cintas, medias, plumas y erotismo. Erika Lust incluye el sexo que no se da en esos locales; porque el Poetry Brothel consiste en una performance literaria, en un intercambio simbólico de dinero por poesía. Un espectáculo de recitaciones en privado. Y esa atmósfera la traslada a su largometraje profundamente elegante, bello, donde vuelve a demostrar que las cosas en el mundo del porno se pueden hacer bien. Porque la directora sueca no olvida, además, que las películas de adultos son fuente de educación sexual para todos los públicos. Y en el porno convencional se construye algo grotesco que remarca las erróneas ideas de feminidad y masculinidad.

Una chica de plástico sentada en un sofá, en la cama o en cualquier lugar de decoración cutre. Una chica -por lo general- mal vestida, con zapatos no aptos para andar, con los pechos operados, uñas acrílicas y depilación enteriza. Una barbie virgen o muy puta –porque no hay más variantes- con la que hacen lo que quieren o se dispone a mamarla para saldar una multa de tráfico. No existen más variantes. Y luego vendrá el sexo duro con un hombre hipermusculado al que rara vez se le ve algo más que su gran pene erecto. Planos ginecológicos de cinco minutos y fin. Si las mujeres no consumen porno es porque ofende demasiado.

Pero los actores y las actrices de las películas de Erika Lust son humanos, normales. Algo de lo más parecido a la vida real, a las relaciones reales. Las actrices no están operadas, o al menos no parece que la silicona vaya a estallar; en muchas escenas están descalzas, no llevan uñas extradimensionales capaces de sacar un ojo; algunas no responden a las tallas de cuerpo fijadas como perfectas. Y a ellos se les ve: su cara, sus brazos, sus gestos. Porque se encuentran allí con todo su cuerpo.

Cabaret desire tiene una secuencia emblemática de lo que supone los films Lust. Se alterna una ruta que recorre ella con otra distinta de él para llegar a su cita en un bar de jazz en directo. Y mientras acuden se rememora un encuentro que tuvieron en un apartamento con una escalera de caracol, un piso de paredes y sábanas blancas. Los planos que se intercalan con ese momento en el que se ven juegos provocativos, complicidad y la práctica de un sexo que prácticamente les deja en trance. La secuencia sentimental sin sentimentalismo coexiste en la película con historias de toda índole: una dominatrix de negro con el sumiso atado; una relación lésbica o tres desconocidos que se fusionan después de unos versos en el prostíbulo poético. Después de quince minutos andando / en sus tacones demasiado altos, demasiado nuevos / sus pies la estaban matando

Erika Lust recorre todas las posibilidades imaginables, menos las que conciernen al sexo entre hombres. El único rodaje homosexual gay que realizó –Te quiero, te odio– fue un capítulo que forma parte de Cinco historias para ellas. En él, dos amantes al final de su relación, en una noche con una tensión palpable, culminan con un último acto de amor. Pero a su público no le terminó de convencer y ella no se sentía cómoda planeando un sexo que no conoce, así que no ha vuelto a grabarlo más.

Erika Lust quería hacer algo diferente, o retomar los orígenes del porno. Desmarcarse del mal gusto y desterrar de sus películas cierto lado oscuro asociado a ese mundo. Porque la normalidad también, con Erika Lust, se aprecia en que no se tiene la sensación de que exista presión, de que alguien se sienta forzado.

Estética en el sexo unido a un porno que no construye una imagen errónea de la mujer (la simplificación de virgen o puta), que no las discrimina, que son protagonistas del placer que se graba. Sensación orgásmica. Porque proyecta las ganas infinitas de quitarle la ropa al otro, de perder a ratos la respiración, de explotar. El deseo filmado siempre llevará la marca Lust.

 

Anuncios